Superman no existe

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¿Triunfar? ¿Ser famoso? ¿Querido por todo el mundo? Tal vez estos fueron los motivos que llevaron al joven periodista de The New Republic llamado Stephen Glass a convertir la ficción en la realidad. Corría el año 1995 y Glass era un recién licenciado de la Universidad de Pensilvania que comenzaba a trabajar en The New Republic como asistente de redacción. Gracias a sus dotes comunicativas, sociales y humorísticas no tardó en hacerse un hueco en la plantilla de la revista. Era querido y admirado por todas las personas de su alrededor: su objetivo principal debido a una infancia complicada en un suburbio de Chicago, posiblemente.

Sus historias eran difíciles de superar, increíbles…nunca mejor dicho.  Había conseguido publicar reportajes inventados, parcial o completamente, en 27 ocasiones. Repito: 27. Se las había arreglado para engañar, sobornar o embrujar con su encanto a primeros redactores, segundos redactores, editores, maquetadores, su director, Charles Lane,  y como no, al destinatario más importante, los lectores.

Un mentiroso compulsivo con grandes dotes para la escritura que apostaba día a día por su historia en el casino de la vida para ganar el amor y la aprobación de todos o perderlo todo de golpe.

Pero ‘su hora’ llegó cuando Adam Pennenberg, periodista de la edición digital de Forbes, fue acusado por su jefe por no haber oído nada de la gran noticia publicada por Glass: “Hack Heaven” (El paraíso del hacker). La historia hablaba de un hacker teenager que rompió el sistema de seguridad de una empresa llamada Jukt Micronics y se ‘cachondeó’ de los directivos de dicha empresa. En ese mismo instante, Pennenberg se puso a investigar sobre la noticia y descubrió el gran secreto mejor guardado de los Estados Unidos: Superman no existe.

Pero ni siquiera Pennenberg pudo parar al superhéroe de Marvel que seguía mintiendo y jurando a su director, Chuck Lane, que decía la verdad. Su obsesión por ser un periodista limpio llegó a tal punto que grabó el contestador de la empresa inventada con la voz de su hermano, creó tarjetas del supuesto manager del hacker y hasta creó una página web de la empresa de la que trataba el artículo. Finalmente y tras durar mucho tiempo a flote entre sus mentiras, se supo toda la verdad. Adam Pennenberg destapó la verdad bajo la inventada historia de Glass y lo tituló: “Lies, damn lies and fiction” (Mentiras, malditas mentiras y ficción). Stephen Glass fue despedido.

La historia del polémico Glass no acaba ahí. A raíz de su historia se grabó una película: “El precio de la verdad” (Shattered Glass, 2003) y Glass cambió de genero y escribió un libro autobiográfico titulado “The Fabulist” (El fabulista). Terminó sus estudios de Derecho y comenzó a buscarse el perdón para ser una persona nueva, con nueva profesión: la de abogado (artículo de LA Times sobre la vuelta de Glass). Por muy surrealista e imposible que sonase que Glass quisiera ser abogado, no lo fue tanto. Después de 4 pruebas sobre Ética suspendidas, finalmente consiguió el ‘perdón’ de la sociedad.

Este caso no es el único que deshonra nuestra profesión. Ha habido muchos otros y nuestro objetivo es evitar que los errores se repitan en el futuro. Dejemos de debatir si el internet matará al papel o si el papel huele mejor que una tableta electrónica y preocupémonos de hacer un buen periodismo promulgando valores legítimos. ¿Podemos?

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Un comentario el “Superman no existe

  1. Sangarrafa dice:

    Muy bien dicho.
    gran artículo, cautivador, simple, excelente.

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